Viernes 24/03 20:00 hs.
Bono: $250
Estudiantes, jubilados y piso: 200
[ EUGENIO BARBA - ODIN TEATRET (DINAMARCA) / Las grandes ciudades bajo la luna ]
Unica función
Venta anticipada desde el martes 14/3
sobre EUGENIO BARBA - ODIN TEATRET (DINAMARCA) / Las grandes ciudades bajo la luna

Un espectáculo musical del Odin Teatret en el espíritu de Bertolt Brecht. La luna observa a las grandes ciudades que arden bajo ella, desde las metrópolis europeas a las de Asia Menor; de Hiroshima a Halle; de la China imperial a Alabama. La voz de la luna es burlona, atónita, indiferente. Su misericordia no conoce melancolía ni consuelo.

Textos inspirados en Bertolt Brecht, Jens Bjørneboe, Li Po y Ezra Pound.

En escena: Kai Bredholt, Roberta Carreri, Jan Ferslev, Elena Floris, Donald Kitt, Tage Larsen, Sofía Monsalve, Iben Nagel Rasmussen, Julia Varley, Frans Winther

Dirección: Eugenio Barba

Atención:
-Las entradas se pueden reservar online o comprar anticipadamente en el teatro de martes a sábados de 10 a 20 hs.
-La elección de la ubicación es en el momento de la compra.
-El día de la función (24/3) la boletería abrirá a las 18 hs, las reservas se mantendrán hasta las 19:30 hs.
-Una vez comenzado el espectáculo no se podrá ingresar a la sala.
-Fotografías y video están prohibidos durante el espectáculo.

 

Eugenio Barba. La imprudencia del teatro.
Las grandes ciudades bajo la luna nació por casualidad de un trueque que realizó nuestro teatro con un grupo de pacientes de un hospital psiquiátrico en Bielefeld,
Alemania, en el 2003. Pensábamos presentarlo sólo una vez. Se ha vuelto, en cambio, parte de nuestro repertorio. El espectáculo describe sosegadamente
escenas de destierro, de matanzas y abusos de la historia del siglo XX, acompañadas con cantos de poetas queridos por nosotros: Bertolt Brecht, Jens Bjørneboe,
Ezra Pound.

Nunca he creído que el teatro pueda prescindir de ser político. Para el Odin esto no quiere decir hablar de política, sino tener una política, una visión de
cómo es el mundo y de cómo en cambio lo querríamos. Dos mundos. Y entre ellos una gran distancia que imagino como un desierto en el que fl orecen las calaveras
y los huesos que la Historia nos ha dejado. Cuanto más grande es la distancia entre estos dos mundos, más probable
es que ésta degenere, para cada uno de nosotros, en una sensación de impotencia que con el tiempo se expresa en una indignación inerme y acaba traicionando - no
a nuestros compañeros o a nosotros mismos - sino a nuestra juventud. Llega el momento en que nos decimos: ”es sabio resignarse, fueron todas quimeras. Tenemos
derecho a estar cansados.”

En cambio se pueden cabalgar quimeras toda la vida sin nunca vencer, pero sin ser derrotados. Lo que se pone en juego, en realidad, no es cambiar al
mundo, sino vivirlo dignamente. El factor decisivo, más que las circunstancias, es nuestra capacidad de usar instrumentos apropiados.
El antídoto para combatir nuestra tendencia a resignarnos tiene muchos nombres. Usaré el más genérico de ”poesía”. Puede parecer un término patético
y abusivo. Pero tengo en mente algunas frases de García Lorca cuando explicó con palabras simples qué era la poesía de Neruda - o mejor dicho: qué no era. Dijo:
“Neruda se mantiene frente al mundo lleno de sincero asombro y le faltan los dos elementos con los que han vivido tantos falsos poetas: el odio y la ironía. Cuando
va a castigar y levanta la espada, se encuentra de pronto con una paloma herida entre los dedos”.

Era octubre de 1934, en la universidad de Madrid. No pasarán ni siquiera dos años, y García Lorca será él mismo una paloma asesinada.
Profesionalmente, me considero un hombre de teatro de origen polaco. No porque me reconozca en un estilo o en una escuela polaca, sino porque he aprendido a hacer teatro en una tierra en la cual quién hacía teatro arriesgaba el conformismo, la cobardía o bien - si no la vida - el ostracismo, el exilio o la cárcel. Jerzy Grotowski, Ludwik Flaszen y todos los que consideraba compañeros y maestros practicaban un riguroso pesimismo del intelecto - y un encendido optimismo de la voluntad. De este optimismo hacía parte el trabajo teatral (derroche de energías, perfeccionismo, espiritualismo, dedicación sin objetivo aparente, y hasta ansiedad metafísica) para construir obras desengañadas, materialistas y
duras. Pero generosas respecto a los espectadores, con una riqueza de formas, derroche, erotismo, suntuosidad de los cuerpos y las voces: un teatro pobre.

Fue en Polonia donde aprendí a actuar según una economía política, que no se basa en el ahorro y la cautela, sino en el exceso de los recursos en una actividad que traspasa los límites del teatro como género estético. Creo intensamente que el teatro puede ser usado como una moneda de cambio, y como un medio para subrayar la diversidad. Todos estos empeños que obstruyen el calendario - que a veces parecen gritarme contra los años de mi edad y la de mis compañeros - quizás sean imprudentes. Yo no puedo prescindir de llamarlos ”poesía.” Cuando García Lorca terminó su breve presentación de Pablo Neruda, se dirigió directamente a los mismos oyentes recordándoles que hay una luz escondida
en los poetas. Es importante percibirla, porque es útil para seguir nutriendo aquel grano de locura que cada uno de nosotros tiene dentro de sí, y sin el cual es imprudente vivir.
Dijo exactamente así: ”imprudente.”

Traducción del italiano: Rina Skeel

Thomas Bredsdorff. El círculo abierto. Observaciones sobre "Las grandes ciudades bajo la luna"
Frente a nosotros están sentados los actores, en una fi la de sillas que dibujan un arco. Su atención está dirigida hacia el colega que está all’opera. Es un placer elemental
ver a los actores que miran a los otros actores. Verlos pasar continuamente del rol de actores al de espectadores. Es un truco que rompe la ilusión teatral: Brecht sabría apreciarlo.

Ya había sido intentado con lo clásicos. Ingmar Bergman lo hizo con Casa de muñecas de Ibsen en Estocolmo. En este momento, lo podemos ver en el Teatro Real
de Copenhague, usado en Ricardo III. Este espectáculo del Odin, en donde los actores son también espectadores, parte de tres autores de siglo XX que podemos considerar neo-clásicos: Bertolt Brecht, Ezra Pound y Jens Bjørneboe. Juntarlos es una idea de Barba y del Odin. De su confrontación nace un verdadero diálogo. Pero otro diálogo, un interesante diálogo sin palabras, un intercambio constante de energías, se desarrolla también entre
el actor que acciona y el actor que observa.

Son textos que hablan sobre todo de soledad y marginación. Los actores cantan - primero uno solo, luego en coro - una poesía de Bjørneboe: habla de cuán sólo
se está cuando se es puesto contra una pared y fusilado. Luego evocan, con la ayuda de Brecht, al prófugo que “cambia de país más a menudo que de zapatos”, como dice
una conocida poesía, A los que vendrán. Podría ser el título de todo el espectáculo. Tengo la impresión de que estos actores están transmitiendo un mensaje al futuro.
“Oh, nosotros que habíamos querido preparar el terreno para la gentileza, nosotros, no hemos podido ser gentiles”, continúan los actores, citando siempre la misma poesía.
Durante todo el espectáculo aluden a las guerras de la historia, a la guerra de los Treinta Años, a la bomba de Hiroshima, a las invasiones de Iraq y Afganistán. La
guerra es cruel. Crea soledad y brutalidad. “También la ira contra la injusticia vuelve ronca a la voz”, dice Brecht, la principal fuente de inspiración del espectáculo.
Pero las acciones de los actores nos dicen algo más sobre el enmugrecerse combatiendo la mugre. Indudablemente, muestran un mundo brutal. Repugnante,
despiadado. Y sin embargo la bondad aún encuentra un lugar.

Uno de los personajes 
del espectáculo es Katrin, la hija de Madre Coraje. Viene de otro espectáculo del Odin, Cenizas de Brecht. Es muda, en consecuencia, uno de los seres más solitarios que existe en el mundo, pero salva a una entera ciudad sin pensar en el riesgo que corre. La solidaridad existe: pero ocasionalmente, y sólo entre los débiles.
También existe otra cosa: la capacidad de ver y de escuchar. O al menos el esfuerzo de hacerlo. Cuando esta capacidad fl orece, se hace pedazos la soledad. Y
la dureza del rostro ya no predomina. Es raro que se mire y escuche de verdad. Muchas escenas del espectáculo nos comunican lo contrario. Katrin yace en el piso, exhausta. Un actor empuja brutalmente entre sus piernas una pecera de vidrio dentro de la cual nada un pez. Otro actor se pasea tejiendo, indiferente a los maltratos infl ingidos a la muda. Pero a veces los actores accionan juntos, de tanto en tanto un actor sigue con atención y con empatía a la actriz echada en el piso.
Así nos atraen a nosotros, espectadores, dentro de la acción. También nosotros estamos allí, sentados y solos, a veces siguiendo el fl ujo de nuestros pensamientos,
cada uno siguiendo el suyo, sin encontrar un sentido. Pero de pronto, nos comportamos como los actores: seguimos, nos identifi camos, intuímos que en la vida
sucede como en las grandes ciudades bajo la luna: “todos los países son un exilio. Todo el mundo es un país”, como se nos dice no con la voz de Brecht, Pound o Bjørneboe,
sino con la del Odin.

Las sillas de los actores dibujan un arco. Pero el arco se vuelve un círculo si se nos cuenta también a nosotros, los espectadores. La parte del círculo que constituimos
es abierta y el círculo se cierra y se vuelve entero cuando nosotros estamos adentro. Entonces, juntos, podemos comprender algo del outsider, del exiliado, del prófugo.
Y de la condición de los mudos en el mundo. 

Traducción del italiano: Ana Woolf
dijo la prensa
(Clarín)
Las grandes ciudades bajo la luna se estrenó en 2003, pero la guerra nunca pierde su vigencia. Sentados de cara al público, ocho actores dicen, cantan, bailan, ejecutan con distintos instrumentos sus vestigios de desolación: matanzas y ciudades en llamas, casas vacías y banderas a media asta, de Halle a Guernica, de Hiroshima a Alabama, de Hanói a Alepo, de ciudad en ciudad, de siglo en siglo, bajo la misma luna. (...)
La obra es la segunda de La trilogía de los inocentes, junto con El árbol (2011) –que habla sobre la guerra en el pasado– y La vida crónica (2016) –que imagina una tercera guerra civil en Europa apenas catorce años más tarde, en 2031. Las grandes ciudades… abarca desde el siglo XIX a la actualidad, pero en verdad no importa porque la temporalidad se pierde cuando los años transcurren y la realidad es igual de devastadora.
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(Medio Argentino de Teatro Online)
Las grandes ciudades bajo la luna se ha presentado en el Centro Cultural 25 de Mayo y en el Banfield Teatro Ensamble. Se trata de un concierto con el espíritu de Bertolt Brecht. Es un fluir de músicas, que ejecutan con instrumentos en vivo los mismos actores (Luis Alonso, Kai Bredholt, Roberta Carreri, Jan Ferslev, Elena Floris, Donald Kitt, Tage Larsen, Carolina Pizarro, Iben Nagel Rasmussen, Julia Varley y Frans Winther), poesías e imágenes muy bellas que se van lentamente creando en la escena y conviven con las melodías hasta el final del espectáculo, y todo debajo de la luna, que evoca a los muertos que dejó el siglo XX y el XXI –o lo que va de él. Se oyen murmullos, incómodos susurros que, de pronto, se vuelven nombres de ciudades, nombres que habitan el espacio tomado por el humo y las cenizas que han dejado caer para que inunden la escena. De Hiroshima a Alepo; de la China imperial a Alabama; de Varsovia a París; de Halle a Buenos Aires, en el espectáculo la luna dialoga –a veces irónica, a veces indiferente- con los muertos que habitan las grandes ciudades. Este concierto del Odin oscila entre la Historia y la imaginación. En ese territorio difuso acontece.
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(Todo teatro)
Discípulo del polaco Jerzy Grotowsky, Barba es uno de los grandes reformadores de la escena. Sus conceptos de antropología teatral y el uso de técnicas extracotidianas lo convirtieron en una de las figuras mayores del teatro contemporáneo. la actuación como rebelión y la necesidad de proponer cambios sin ser aplastado, la elección de la precariedad como suelo, la creación de nuevos modelos que a su vez no se conviertan en paradigmas rígidos, habitar los propios cuerpos siendo fieles al deseo y los entrenamientos grupales intensivos de más de 8 horas continuas, son algunos de los ejes de su ética y estética.
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(Clarín)
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(Página 12)
Discípulo del polaco Jerzy Grotowski, Barba forma parte del “dream team” de maestros que marcaron con sello propio el teatro “moderno”. Como Konstantín Stanislavski, Vsévolod Meyerhold, Antonin Artaud, Grotowski y no muchos más, el teatrista instauró una nueva forma de articular la práctica teatral con el pensamiento sobre ese arte dando lugar, en su caso, al estudio de la Antropología Teatral, disciplina extendida en todo el mundo. Desde el Odin, teatro y grupo que fundó cuando emigró primero a Noruega y luego a Dinamarca, donde se estableció, hace más de cincuenta años que trabaja en esa dirección, siempre reuniendo a actores de distintas nacionalidades (actualmente en la compañía hay de cuatro continentes) para buscar juntos aquellos principios que son comunes a todos, aquellos elementos de “pre–expresividad”.

En medio de una gira por América latina que comenzó en Uruguay, el creador presentará en la Argentina Las grandes ciudades bajo la luna, un espectáculo que forma parte del repertorio del Odin desde hace diez años pero que, según cuenta Barba a PáginaI12, “se volvió lamentablemente vigente”. Basada en “el espíritu de Bertolt Brecht”, la pieza “cuenta las consecuencias que sobre los inocentes tienen los conflictos”. Se presentará en el Centro Cultural Recoleta, el Teatro 25 de mayo, el Banfield Teatro Ensamble y en la Sala 420 de La Plata y será protagonizada por varios de los célebres intérpretes de la compañía.

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