Sábado 31/03 21:00 hs.
Bono: $200
Estudiantes y jubilados: $160
[ El immitador de Demmóstenes ] de Diego Starosta
Conferencia teatral de Diego Starosta sobre textos de José Sanchis Sinisterra y Alain Badiou.
Compañía El Muererío Teatro
sobre El immitador de Demmóstenes

Un actor, encerrado en un cuarto oscuro ensaya un acto imposible: deshacer la hipocresía que sostiene la realidad del mundo para restaurar el antiguo orden ficcional.

Actuación: Diego Starosta
Concepto y puesta en escena: Gonzalo Córdova, Diego Starosta y Diego Vainer

 

ficha técnica
Textos: Vacío y Presencia de José Sanchis Sinisterra y fragmentos del libro Rapsodia para el teatro de Alain Badiou.
Concepto y puesta en escena: Gonzalo Córdova, Diego Starosta y Diego Vainer.
Actuación: Diego Starosta
Operación técnica: Felipe Mancilla
Diseño gráfico: Mauro Oliver
Asistencia y producción ejecutiva: Daniela Mena Salgado
Producción general: Compañía El Muererío Teatro/ 2017
Sinopsis
Los políticos han acaparado en la actualidad el manejo y la eficacia última del concepto de ficción. El campo del arte teatral—histórico productor de entelequia— se encuentra vaciado (quebrado) a causa de una realidad abrumadora que destruye cualquier intento de experiencia trascendental.
Un actor, orador profesional, encerrado en un cuarto oscuro, ensaya, en un arrebato de mea culpa, y a partir de un desencajado deseo megalómano, un acto imposible: deshacer a partir un discurso, la hipocresía que sostiene la realidad del mundo para restaurar el antiguo orden ficcional.
Sobre Diego Starosta
Diego Starosta. Actor, autor, pedagogo y director. Fundador y director de la compañía El Muererío Teatro de Buenos Aires. Se formó con Daniel Casablanca y Guillermo Angelelli. Realizó, además, diversos seminarios y estudios en Argentina y en el exterior: Becario de la Akademie Schloss Solitude de Sttutgart, Alemania, en 2004 y 2005. Con El Muererío Teatro ha estrenado hasta la fecha 13 espectáculos, entre los que se destacan Informe para una Academia (1998), La Boxe (2000), El giratorio de Juan Moreira (2001), A penar de Toro (2003), La esperanza (2004), Un Cuartito (Un ambiente nacional) (2006), Prometeo. Hasta el cuello (2008), Manipulaciones II: Tu cuna fue un conventillo (2010-2014) y Manipulaciones III: El banquete (2012). Ha trabajado junto a la Organización Negra y luego con uno de sus fundadores, Manuel Hermelo, con la Banda de Teatro los Macocos y en más de 30 puestas del teatro oficial y del circuito independiente como actor y director. Diego Starosta viene impartiendo desde 1994 una intensa labor pedagógica a través de talleres anuales y seminarios breves e intensivos en el estudio de El Muererío en Buenos Aires. Es docente de la carrera de Puesta en escena de la EMAD (Escuela Municipal de Arte Dramático). Ha impartido, además, talleres y seminarios en el Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA, en el Teatro General San Martín, en la Escuela Nacional de Arte Dramático (actual IUNA), en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), en el Instituto Universitario Patagónico de las Artes (IUPA), en la escuela de circo La Arena, en Brecha/ Escuela de Danza Terapia en Buenos Aires, y en diversas ciudades de la Argentina y el exterior. Organizó y organiza diversos encuentros y actividades pedagógicas, de experimentación y reflexión, brindados por maestros de la argentina y el exterior. Ha sido entrenador actoral y corporal de puestas teatrales de reconocidos directores. En 2013 público junto a Mauro Oliver, el libro de archivo y ensayos Los pies en el camino/15 años de la compañía El Muererío Teatro. Entre varios premios y nominaciones Diego Starosta ha recibido en el año 2012 el premio Trinidad Guevara por su labor de dirección en la puesta y dirección de Manipulaciones II: Tu cuna fue un conventillo.
dijo la prensa
(La Gaceta)
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(Luna Teatral)
El teatro y el actor, el espectador, el actor, y el vacío de la escena, difícil sostener el vacío que rodea al actor / personaje frente al espectador, un interrogante que nos lleva a Demóstenes y a su capacidad oratoria para mantener expectante al escucha, para sostener desde la palabra, la intensidad de expectación del posible auditorio. El actor en la tragedia entre la política y el teatro, es el mensajero de una interrelación sospechada por la mirada vigilante del Estado. También desde allí se nos lleva a Demóstenes, al político que defendía a Grecia frente al avance de Macedonia. Lo político teatral, la teatralidad en la política, no está nunca en un referente escurridizo y carente de verdad revelada sino en el cuerpo del actor que esgrime en escena las posibilidades de un texto que a través de él, se convierte en acontecimiento político. La conjunción de textualidades desde la dramaturgia de laboratorio (Sinisterra) y filosofía post-kantiana de Badiou, es el interrogante que dispara el cuerpo de Starosta hacia un espectador que sigue con interés creciente el caudal de ideas que como la marea se acercan y alejan de la playa escena hacia la platea, y surgen de un vacío escénico que exige de ese cuerpo la mayor tensión posible. El texto de Badiou es el puente entre la escritura del dramaturgo y del actor que va construyendo otro discurso posible desde el movimiento continuo de su cuerpo, desde la palabra, y desde una gestualidad que luego será restituida por ésta.

La máscara política y la máscara teatral se intercambian productivamente, mientras el cuerpo de Starosta nos dirige una conferencia sobre la teoría de los puntos necesarios de la política partidaria, y los del teatro. El Starosta director deja paso al personaje que se manifiesta en el espacio con una clase de cómo mantener la tensión de un cuerpo máquina, de cómo construir relato desde la gestualidad. Una primera parte donde el monólogo del dramaturgo español es pronunciado mientras el cuerpo / personaje recorre la escena y la llena con su sola presencia que está atravesada por maderas, que son no una escenografía contenedora sino una carrera de obstáculos a un recorrido que gira sobre sí mismo. Elementos, utilería, que será en sus manos materia prima para la producción del objeto necesario a la constitución del relato, a la continuidad de una reflexión que no cesa. Una teatralidad de interesante factura para llevar una disertación filosófica sobre el metier de la actuación y sus implicancias a escena, sin caer en los diálogos mayéuticos posibles.
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(Clarín)
El Immitador de Demmóstenes es la vuelta del actor Diego Starosta (Premio Trinidad Guevara 2012 como Director), quien esta vez asumió la puesta en escena junto a Diego Vainer y Gonzálo Córdova. El espectáculo cruza dos textos: Vacío, monólogo del español José Sanchís Sinisterra; y fragmentos de Rapsodia para el teatro, libro del filósofo Alain Badiou. Estos materiales literarios generan, como zona argumentativa, una particular fricción entre teatro, política, representación y Estado. Palabras intensas para esta época que resuenan en la obra. Sin embargo, más que un gesto pretencioso dan cuenta de un estado de precariedad generalizado. ¿Qué fuerza contiene el teatro, más allá del generar entretenimiento y la tan buscada emotividad, para lidiar con esos conceptos? En escena están las frías palabras del actor y, al mismo tiempo, las proyecciones de varios políticos de las últimas décadas seguidas por un buen número de figuras del parnaso teatral porteño. Este contrapunto amplifica la extrañeza de la obra sobre las referencias que aborda.

Starosta comienza Vacío rodeado de frágiles maderas repartidas por el piso, y ejecuta combinaciones de boxeo. Las acciones arman sentido en los ritmos y sus variaciones más que en la mera referencia literaria. Por otro lado, el monólogo de Sinisterra sigue la lógica, planteada desde el título, de la desolación. La voz en escena -no se puede plantear como personaje tradicional- es la de un actor que prepara un texto y lo cuestiona. Allí surge la referencia al maestro de la Retórica Griega, Demóstenes, que pese a la lucidez de sus formas se suicidó. Finalmente aparecen partes de Rapsodia..., de Badiou, quien se ligó al teatro, a partir de su trabajo junto al director Antoine Vitez, en Francia.

En varios sentidos El Immitador... es un espectáculo atípico para confrontar y cuestionarse, incluso, el rol del espectador en los diferentes circuitos de producción teatral.

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(El caleidoscopio de Lucy)
El teatro y el boxeo, unidos a partir del primer golpe de vista. En ambas disciplinas, el individuo se encuentra frente a una serie de ojos, cerebros y corazones expectantes que desean ver como el artista se desenvuelve para brindar un buen espectáculo. ¿Será así? ¿Las palabras empleadas para esta descripción son las correctas? Aquí nos damos cuenta que cada palabra, cada silencio, debe ser usado de manera precisa para la concepción completa de la puesta.

Tras los setenta minutos de una vorágine de ideas y conceptos, llega la última estación del “tour de forcé” propuesto por Starosta. Allí se producirá ese momento tan bello que propone el teatro de la decantación de lo visto unos minutos antes. La sorpresa y la alegría de haber presenciado “El immitador de Demmóstenes” irá más allá de la satisfacción por lo visto para extenderse a la recomendación por vivir esa experiencia. Tampoco sería extraño sentir esa necesidad de volver a verla. Suele pasar con aquellas prácticas tan ricas que ameritan descubrir una nueva bondad. El puro disfrute del buen teatro.
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(Actualidad artística)

Las partituras de acciones físicas pueden organizar los materiales más disímiles. Y esta verdad se demuestra en forma cabal en El immitador de Demmostenes, pieza en la que Diego Starosta mezcla textos de Sanchís Sinisterra y Alain Badiou a partir de un trabajo físico superlativo.

El espacio está compuesto por una serie de maderas que dan la impresión de haber sido organizadas a las apuradas. A un costado, Starosta hace un entrenamiento boxístico: tira golpes, esquiva, quiebra la cintura, trota. Cuando empieza a surgir el texto, uno nota su densidad metafísica que habla de la condición del ser, el estatuto de la representación, la naturaleza de los personajes, sus implicancias políticas y las vicisitudes de los oradores del mundo clásico. Parece haber un desequilibrio fundamental entre el tema alto y el cuerpo bajo, ese deporte que a veces parece tan literal que asusta. Sobre esa inestabilidad crece la propuesta de Starosta. Nada interesa tanto al espectador como ver un momento de peligro, un cuerpo fuera de eje, a punto de quebrarse, llevando adelante una exigencia que no se parece a lo cotidiano.

Si al final de la representación entendemos mejor de qué va al teatro, reivindicamos algunas de las cosas que creemos, adoptamos otras, discutimos algunas, no creo que sea porque el texto sea ingenioso o profundo. Son los materiales teatrales de mayor artesanía los que se imponen: un actor que cambia su vestuario, que arma una estructura, que puede perder en cualquier momento un hilo que con el correr de los minutos se hace más y más delgado. Es una obra que siempre vuelve a poner en el centro de la escena la corporalidad del actor como espacio de la representación. En él se encarna todo. Si a nuestra escena, en casi todos los circuitos, abunda un realismo televisivo a la hora de representar, la compañía El Muererío Teatro nos muestra otra cosa: la efusividad de un cuerpo y de una palabra extracotidianas, que no buscan nunca cerrar sentidos sino mantener el punto de máximo contraste, de choque irreconciliable. Y ahí, a partir de ese espacio hiperficcionalizado, nos hace renovar los ojos con los que miramos la vida.
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el público opina